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Bukele y el álgebra de los pobres | Por: Pascual Serrano

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El fenómeno Bukele en El Salvador merece una reflexión importante. Más allá de las políticas que haya aplicado en economía o en sus relaciones internacionales, todos sabemos cuál ha sido el secreto de su éxito: la lucha contra la delincuencia que asolaba el país.

Gran parte de la izquierda tiene el prejuicio de considerar que la inseguridad ciudadana forma parte de un terreno de debate de la derecha, que lo sobredimensiona, lo explota y lo rentabiliza. Eso es verdad parcialmente. En muchos países de América Latina el avance de las mafias, el narcotráfico organizado y la delincuencia en general está acabando con el propio Estado y sumiendo a la sociedad en una espiral de absoluta tragedia donde son, precisamente los sectores populares los que más lo sufren.

La población más humilde no puede invertir en seguridad, sus barrios no están custodiados, sus pequeños comercios son vulnerables y sus hijos más jóvenes son carne de cañón de los grupos de delincuencia. Tanto si terminan de verdugos como de víctimas, su vida será corta.

Por ello, y en contra de lo que alguna izquierda acomodada cree, no son los ricos los que más sufren la delincuencia, son los pobres. La delincuencia común masiva de los países latinoamericanos no es de pobres que roban a los ricos. Es de pobres que se matan entre ellos. De ahí que es entre los sectores populares donde las propuestas de combatir la delincuencia pueden lograr mayor apoyo.

El dilema surge cuando esa lucha contra la delincuencia se hace a costa de los derechos humanos y las garantías jurídicas de los ciudadanos. Pero también ahí, y por triste que suene, estamos ante una cuestión de álgebra y de en qué lugar te pille.

Según los datos de El Salvador, Bukele logró en 2022 dos mil muertes violentas menos de las que hubo en 2019. Por supuesto que eso se ha logrado arrasando con muchas garantías legales de miles de personas. Se han documentado 180 muertes en prisión durante el año y medio de régimen de excepción y 3 mil 500 detenciones arbitrarias. Pero los salvadoreños hacen cuentas, y los pobres con más razón. Estoy convencido de que esos dos mil que no se han muerto eran de clases populares. Y es por eso que han votado a Bukele. Y también es por eso que Gobiernos latinoamericanos de distinto signo ideológico, como Honduras o Ecuador, están estudiando imitarle.

De ahí que la izquierda debe enfrentar el problema de la delincuencia organizada y no limitarse a responder que forma parte de la campaña de la derecha y asociar de forma simplista delincuencia con pobreza. Las mafias que llegan a retar al Estado no están dirigidas por los pobres, éstos solo son peones que mueren todos los días. Esta delincuencia es fruto de la corrupción policial y judicial, de las falta de recursos públicos para el sistema judicial y policial y de la connivencia de altos cargos del Estado con los grupos delincuentes.

Por supuesto que solo con medidas represivas como las de Bukele no se puede solucionar el problema. Pero la realidad ha dejado en evidencia que nadie tenía otro sistema para combatir la delincuencia en El Salvador. Y por eso ha arrasado. La izquierda debe demostrar que no siempre la derecha es la solución, como se ha visto con los Gobiernos neoliberales de Ecuador. Y convencer que desde la izquierda se sabe luchar contra la delincuencia organizada, y con la contundencia que sea necesaria. Luchando contra la pobreza, por supuesto, pero no solo con eso. El presidente brasileño, Lula da Silva, aseguró este 1 de febrero que el crimen organizado en su país ya funciona como una compañía multinacional y ha tomado medidas de orden público para actuar en las favelas. Y en Venezuela hemos visto a las autoridades desarticulando con firmeza las mafias, las que operaban en los barrios y las que operaban desde las prisiones.

No, no basta con decir que Bukele está arrasando con los derechos civiles. Hay que demostrar que también la izquierda puede salvar la vida de dos mil salvadoreños cada año. Si no lo hace, Bukele seguirá triunfando, aunque encarcele inocentes. Es el álgebra de los pobres.


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