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Un huracán llamado Chávez: 4F el día de la dignidad nacional

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Cuando a Hugo Chávez le tocó despedirse de sus hijos, momentos antes de protagonizar un evento tan trascendental como el 4 de febrero de 1992 (4F), no podía imaginar la suerte que le aguardaba. Como lo reveló públicamente en varias de sus alocuciones, su fibra como padre y como ser humano se vio profundamente conmovida. Le tocó dejar atrás su familia y el calor del hogar, para ponerse al frente de un movimiento que, como también lo expresó reiteradas veces, prácticamente le arrastraba hacia adelante. Eran fuerzas telúricas en plena efervescencia o más bien un huracán revolucionario, que encontraría en Chávez el perfecto timonel.

Ciertamente, el Comandante Chávez junto a un grupo de oficiales patriotas se vio impelido a insurgir contra un régimen bipartidista, que había llegado hasta los extremos de la inmoralidad y la crueldad. Con el baño de sangre de El Caracazo (1989) aún fresco en la memoria colectiva, Chávez y su movimiento el MBR-200, tomaron la determinación de sublevarse frente al oprobio. Lo hacían inspirados en el ideal bolivariano, zamorano y robinsoniano. El objetivo era tomar el poder y poner fin a la cadena de atropellos contra el pueblo venezolano.

Quijotes

No obstante, se trató de un movimiento quijotesco, era el David bíblico que se alzaba contra el Goliat neoliberal. Las probabilidades de éxito militar eran escasas, especialmente, porque la gran mayoría de los altos mandos militares de entonces estaban completamente plegados al festín punto fijista. Sin embargo, con Chávez a la cabeza los soldados patriotas asumieron el riesgo y también todas las consecuencias de aquel histórico 4F.

Las cartas estaban echadas. Como recuerda el propio Chávez en el libro Mi primera vida, de Ignacio Ramonet, la brutal represión posterior al Caracazo continuó. Solo en el año 1991 fueron asesinados 25 estudiantes.

“Se oía venir el inevitable huracán. Nada podía detenerlo… (…); luego, el doloroso parto del 27 de febrero de 1989 cuando las calles de Caracas se anegaron de sangre; y finalmente el 4 de febrero de 1992 que partió en dos la historia venezolana, y de donde brotó la patria. En verdad el país se estaba hundiendo. Y la juventud militar no podía soportar aquel naufragio”.

Descomposición crónica

El cuadro de descomposición de la sociedad venezolana en ese segundo mandato de Carlos Andrés Pérez era crónico. Escándalos de corrupción administrativa por doquier, brutal represión popular y extremas condiciones económicas para la familia venezolana. Lo que se vivía en la década de los 90 era el corolario lógico de décadas consecutivas de desmanes.

Para hacerse una idea más o menos ilustrativa del desmadre que era la sociedad venezolana en la llamada IV República, basta citar a José Rafael Núñez Tenorio, en su libro En defensa de la rebelión. Allí el notable filósofo venezolano, a su vez, cita un artículo de prensa de Alfredo Tarre Murzi, publicado en El Nacional el 20 de abril de 1966.

«Seguimos viendo pasar los días con centenares de miles de venezolanos marginales que carecen de abrigo, pan, salud, escuela y trabajo. (…) Seguimos siendo un país en crisis. (…) Un país mordido por la crisis moral evidente en la presencia de vastos sectores juveniles que no creen en las instituciones tradicionales y mucho menos en los hombres que las representan. (…) Un país absurdo que pide limosna al pie de un pozo petrolero«.

Tragedia nacional

El desastre que tan acertadamente pintaba Tarre Murzi no haría sino agravarse. Luego vendrían el Viernes Negro, la crisis de la deuda, las masacres de Yumare, Cantaura y El Amparo; y por supuesto El Caracazo. La cúpula puntofijista, donde se incluían los altos mandos militares, la alta jerarquía eclesiástica, la central obrera y las cámaras empresariales, gozaban de las mieles del poder, parados sobre la miseria de una nación entera.

Por eso, cuando el Comandante Chávez apareció frente a las cámaras de televisión, llamando a deponer las armas, con aquel célebre «Por ahora», el pueblo inmediatamente estableció conexión con su líder. Era la primera vez en décadas que algún actor de la sociedad criolla asumía públicamente, y sin remilgos de ningún tipo, las consecuencias de sus acciones. En la Venezuela de entonces nadie se responsabilizaba por nada, el país era como una suerte de tierra baldía. Y que Chávez hubiera tenido esa gallardía el 4F, definitivamente marcó una tremenda diferencia.

La patria sigue

Lo que vino luego es historia conocida. Aquel 4 de febrero renacía la patria de entre las cenizas. Hoy cuando se cumplen 30 años de aquel significativo acontecimiento, puede decirse con orgullo y parafraseando al padre Bolívar, que no hemos arado en el mar; que Chávez no dio su vida en vano. A pesar de los cruentos ataques contra la soberanía nacional, la integridad de la patria sigue incólume.

El gobierno del presidente Nicolás Maduro ha sabido sortear enormes dificultades (planes de magnicidios, invasiones de mercenarios, ataque a la moneda, sanciones y bloqueo, entre otros). Y aunque todavía debemos enfrentar enormes desafíos, el país comienza a estabilizarse política y económicamente. Un promisorio horizonte de posibilidades se abre en la lucha por diversificar la economía y consolidar definitivamente nuestra verdadera soberanía. La patria sigue gracias a un huracán llamado Chávez y su 4-F como día de la dignidad nacional.


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