Desde la Plaza | Carola Chávez

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Carola Chávez Caracas
Composición: Venezuela News
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Cuando estoy en Caracas, me tomo mi café mañanero en la plaza de la Candelaria. Es una forma de despertar, no solo con la ayuda del aroma, el gusto del primer sorbo de un espumoso marrón grande, oscurito, por favor, ¡gracias!, que ya es bastante, porque no hay mejor manera de empezar el día que con un café venezolano, (publicidad) ¡El mejor café del mundo!

Si a ese café lo rodeas de una plaza en el corazón de Caracas y te lo vas tomando despacito, mirando y mirando todo como si fuera una película, una bien bonita y vas tejiendo historias, cientos de historias que se van contando solas para quien quiera verlas, y yo ahí con mi café, sentada a la sombra de un árbol enorme, queriendo ver cada mañana las historias que me cuenta la plaza.

El gimnasio a cielo abierto, bajo la sombra de unos (creo que son) jabillos enormes. A la hora que uno pase, lleno de gente levantando pesas, algunos disciplinadamente, vestidos para la ocasión, y otros ocasionales que pasaron, vieron, y se lanzaron un set de barras antes de seguir su rumbo.

Una vez vi a un viejito acostado en el banco de abdominales. Pensé que se había equivocado de banco hasta que el señor, con su pantalón de vestir de viejito caraqueño, su cinturón y zapatos de cuero, se levantó, se colgó de las barras y, una, dos, tres, cuatro… treinta y un murmullo de admiración recorre el gimnasio. Felicitaciones musculosas al abuelo que les deja dos o tres consejos y se aleja caminando con agilidad juvenil.

Mi mirada se distrae de la escena porque hay un bebé que acaba de aprender a caminar y descubre que por fin puede perseguir a las palomas. «¡Bebé por la izquierda! -revolotean las palomas.

Una señora pizpireta pasea a su perrita ídem, que va con un lazo en cada oreja y un corte poodle a la última moda, la perrita, no la señora. Ambas llevan faldas, la de la señora, una falda discreta, la de la perrita de flores y faralaos. Otro muchacho pasea cinco perros a la vez. Con eso se redondea. Los cinco perros saludan a la perrita, amigos de toda la vida, o desde que empezaron a venir cada mañana y tarde a la plaza.

 La estatua de José Gregorio Hernández, frente a la iglesia, nunca está sola. Con el agua de su fuente los caraqueños se santiguan. Agua bendecida por el pueblo devoto de su santo.

Los chamos salen del liceo y ocupan los muritos con sus risas y empujones. Otros se enamoran un poquito más allá del grupo que se hace el loco, todo alcahuetero.

La plaza huele a pan recién horneado, a veces huele a canela, a veces a golfeado.

El paso apurado se calma un poco al cruzar por la plaza. Es que provoca caminarla siempre despacio, balanceándose suavemente con las manos en la espalda. Es que provoca hasta ir silvando alguna canción bonita. Yo no sé silvar, pero provoca.

Igual la música no falta. Llega de cualquier lado. Por allá Bad Bunny «yo lo veo venir» en un remix loco con el Piano Merengue, por «si quieres bailar, reir y gozar» que se acerca a un volumen considerado con un setentón que cruza la plaza, «repro» ochentero en el hombro y swing caribeño en su andar.

¡Perro por la derecha! -Revolotean las palomas.

En la esquina un señor regaña a un motorizado mal parado que arranca bravo creyendo que tiene razón.

Café, flores, rosarios de colores a la venta en los kioscos. Un par de patineteros pasan como un rayo. Las campanas repican el Angelus. La plaza capturó mi mañana y yo -suéltame gorila- me dejé capturar por la plaza.

Las campanas de la iglesia son como las de la escuela que a las doce anuncian la salida. La plaza se llena de niños y niñas con sus camisas de colores, por orden de tamaño: amarillo, rojo, blanco, celeste y café… ¡otro marroncito, porfa y gracias!. Una mamá lleva a sus niñas todas colitas y lazos y cada una con un cucurucho de helado. Otras madres se detienen con sus muchachitos en los columpios para que echen broma un rato antes de volver a casa. Varios niños corretean oootra vez a las palomas que intentan comer las miguitas que les lanzan unas niñas.

Un loquito cruza la plaza hablando en voz altísima cosas ininteligibles. La gente lo mira con compasión y angustia.

El olor a pan recién horneado se mezcla con el de pollo en brasas, pizzas, cachapas y las cazuelas españolas que reverberan tras las puertas de locales legendarios. Alguien se come un tente en pie. Las pastelerías llenas de gente, La Candelaria llena de pastelerías.

En mi camino de regreso a mi habitación con vistas a la calle, veo tras las vitrinas las mesas llenas. No hay un puesto de comida sin gente. La Candelaria está almorzando y parece que hay para todos.

Apuro el paso sorteando el gentío que sube y baja por las aceras. Llevan cajas de mercancía, llevan un delivery, llevan un perrito, llevan un niño de la mano, llevan al novio, a una abuela, a un amor de toda la vida. Llevan una esperanza, una preocupación, un deseo, una alegría… llevan el alma llena.

Desde la plaza de La Candelaria, desde sus calles que se extienden a todo lo largo y ancho de esta tierra, los venezolanos mostramos claramente lo que somos y lo que queremos. Decimos con el andar cotidiano, con más fuerza que cualquier grito o consigna, que somos un pueblo de paz, que remonta cuestas imposibles en el empeño de construir un futuro bueno, bonito y justo para esos niños y niñas que corretean hoy a las palomas de las plazas.


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